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    El mundo como taller creativo

    La metaforización como herramienta del psicólogo práctico

    Hace algún tiempo, una colega y yo entramos en una tienda de recuerdos y todo tipo de pequeñas cosas. El objetivo era sencillo: se acercaba una celebración y buscábamos regalos para nuestros seres queridos. Después de elegir algunos recuerdos, nos acercamos a la caja… Y fue precisamente allí donde ocurrió aquel pequeño incidente que terminó de convencerme de que valía la pena escribir este artículo y de que los psicólogos son especialistas bastante particulares. Iba a escribir «personas únicas», pero me sorprendí pensando que, en realidad, todas las personas son únicas. Sin embargo, entre los profesionales (si con razón o no y por qué motivos, no voy a discutirlo ahora: ese sería tema de otro artículo), los psicólogos quizá sí se distinguen por una mirada especial sobre el mundo. Me refiero a que, intuitivamente, me parece, a veces sin ningún deseo ni intención consciente, casi de forma subconsciente, contemplamos el mundo que nos rodea como una fuente de nuevas técnicas creativas, enfoques y, finalmente, objetos que pueden ayudarnos a resolver tareas profesionales.

    ¿Qué fue, entonces, lo que ocurrió en la caja?..

    Campana y objetos sencillos como herramientas en un taller psicológicoEn realidad, nada sobrenatural: mi colega y yo estábamos examinando un expositor con toda clase de pequeños artículos complementarios, de esos que hoy en día casi cualquier tienda coloca cerca de las cajas para estimular aún más la demanda de… francamente, productos que en su mayoría no son demasiado necesarios. Y entre todas esas pequeñas cosas, nuestra mirada cae al mismo tiempo sobre un llavero con forma de campanilla. Sencillo, de metal fino y pulido, con un badajo en su interior. La primera pregunta que me sorprendo formulándome mentalmente es: ¿de verdad también suena?.. Las dos extendemos las manos al mismo tiempo y tomamos las campanillas… ¡Oh, maravilla! Emiten un sonido bastante melodioso. Comprobamos si nos hemos equivocado?.. ¿De verdad?.. Nos miramos.

    Mi colega sonríe: «Oye, estaba pensando… quizá podría usarla en el trabajo?..»

    Me sobresalto un poco por dentro: «Sabes, eso fue exactamente lo primero que pensé yo también…»

    Volvemos a mirarnos y sonreímos…

    Cinco minutos después salimos felices de la tienda con regalos para nuestros seres queridos. Y con las campanillas.

    ¿Qué nos dice esto? No propongo extraer de aquí grandes generalizaciones sobre lo maravillosos y creativos que son los psicólogos o sobre lo especiales que son… En realidad, no se trata de los psicólogos como tales. Para mí, este episodio fue una concentración especialmente clara de muchas reflexiones anteriores sobre dónde buscar y cómo utilizar nuestro instrumental profesional —psicológico—. Precisamente a eso estará dedicado este artículo.

    A lo largo de mi vida profesional he observado y vivido más de una vez situaciones en las que faltaban herramientas profesionales para resolver tareas profesionales actuales o estratégicas. Probablemente, como a muchos de nosotros, los psicólogos, se me ha ocurrido más de una vez la pregunta: ¿de dónde sacar alguna «cosita» que «funcione» justo ahora?.. Por mi propia experiencia puedo decir que lo peor ocurre cuando esta carencia —y por lo general una carencia repentina— de herramientas se hace sentir durante un entrenamiento. Y no simplemente durante la elaboración del programa o en el momento de preparar el encuentro; eso no sería un problema. La «ley de Murphy» sigue existiendo, y la falta de una herramienta —una técnica, un recurso— suele manifestarse precisamente durante el propio entrenamiento, casi en pleno desarrollo… Y entonces toca recordar febrilmente todas las maneras de «mantener al grupo» que alguna vez hayamos leído, experimentado en nosotros mismos o visto en el trabajo de colegas.

    Una pequeña digresión para explicar qué entiendo por «carencia de herramientas». En términos generales, dividiría este concepto en dos componentes. La primera situación es la carencia de herramientas como tales, cuando en el repertorio de formas de trabajo del psicólogo no se encuentra ninguna adecuada para la situación, ya se trate de un entrenamiento o de una consulta individual.

    Y la segunda situación es aquella en la que la forma de actuar utilizada —aun cuando el psicólogo la aplique de manera completamente técnica y profesionalmente correcta— resulta insuficiente precisamente en esa situación concreta: por diversas razones no funciona con ese grupo o cliente en particular, o sí funciona, pero el resultado obtenido difiere del previsto: es distinto o solo se alcanza parcialmente.

    Es precisamente entonces cuando nos hacemos, siguiendo a Chernyshevski, la pregunta: ¿qué hacer?

    En este artículo intentaré compartir brevemente mis propias reflexiones y mi visión estrictamente personal de cómo se puede responder a esta pregunta. Esto significa que el artículo no pretende en absoluto ser científico ni poseer una verdad infalible. Entiendo mi tarea de una manera mucho más modesta: compartir mis pensamientos, ante todo con colegas lectores, con la esperanza de que esto les ayude a encontrar sus propias soluciones y contribuya a su desarrollo profesional.

    Así pues. En casi cualquier concepción de la creatividad encontraremos dos características fundamentales: el producto de la actividad creativa es algún resultado nuevo, valioso no solo para su autor, sino también para quienes lo rodean; y, en segundo lugar, el resultado de la creatividad siempre lleva la huella de la personalidad de su «creador». Por eso, cuando contemplamos el mundo como un taller creativo, tal como se indica en el título, queremos decir que una persona —en nuestro caso, un psicólogo— modifica los objetos del mundo que la rodea o actúa con ellos de tal manera que adquieren un «nuevo significado» y un «valor añadido», expresado en su nueva utilidad para resolver tareas profesionales.

    Volvamos al origen de la idea: la campanilla. Cuando mi colega y yo la vimos en el expositor junto a la caja, no era más que un bonito llavero que, siguiendo la moda actual, podía colgarse de un bolso, engancharse a un manojo de llaves o a algún «gadget». Ese era, en realidad, su propósito. Pero la mente inquisitiva del psicólogo ve mucho más en ese objeto.

    Naturalmente, al igual que los docentes y otros profesionales que por su trabajo pasan mucho tiempo tratando con personas, podemos valorar la campanilla como una excelente herramienta para atraer la atención del público y marcar acentos de significado durante una intervención.

    Podemos seguir imaginando y entonces, probablemente, una de las primeras ideas que surge es que la campanilla es un excelente «marcador de límites»: tras acordar las reglas de su uso, el psicólogo puede dividir discretamente el tiempo de una sesión con el cliente en los intervalos necesarios. Así se puede señalar el momento de inicio y de finalización de un ejercicio o una tarea; estructurar el proceso de interacción en el grupo indicando, por ejemplo, cuándo deben cambiar de pareja los participantes en ejercicios por parejas. Finalmente, al trabajar con grupos de niños, la campanilla también puede servir como medio para entrenar la concentración de la atención: para unas tareas puede utilizarse un toque y para otras, tres, etc. Basta recordar el estupendo ejemplo de un trabajo semejante en la película «Kindergarten Cop», con Arnold Schwarzenegger, donde en lugar de una campanilla se utilizaba un silbato.

    Pero por ahora se trata de funciones utilitarias que originalmente son propias de una campanilla, y no hay nada especialmente nuevo en ello. Sigamos, pues, y consideremos la aplicabilidad de nuestra campanilla en las distintas etapas de una sesión de entrenamiento. Como recordamos, si representamos del modo más simple posible la estructura de cualquier encuentro, esta constará de entre tres y cinco etapas:

    • presentación o saludo, cuya tarea es sintonizarse en una «misma onda» y entrar en el espacio del entrenamiento; como suelen decir los psicólogos, sintonizarse con la experiencia del «aquí y ahora»;
    • calentamiento, cuya tarea principal es conducir hacia el tema o la tarea central del encuentro; por así decirlo, sumergirse en el «campo de significado»;
    • parte principal, en la que se concentran los ejercicios fundamentales que dan sentido al encuentro y se resuelve la tarea principal —temática— de esa sesión concreta o del entrenamiento en su conjunto;
    • discusión o sharing, cuya tarea es elaborar y aclarar lo que ha ocurrido durante todo el encuentro desde su comienzo; intercambiar sentimientos y pensamientos entre los participantes; es una especie de «punto final lógico» del encuentro;
    • despedida, cuya tarea es crear en los participantes la sensación de que el encuentro ha concluido; es una especie de «punto final emocional» de la sesión. En ella termina el «aquí y ahora» de cada día concreto.

    A veces el saludo se integra suavemente con el calentamiento, y el sharing pasa casi imperceptiblemente a la despedida, de modo que quedan solo tres elementos principales. ¿Y en qué puede sernos útil la campanilla?.. A mi juicio, ante todo en que la campanilla es una metáfora extraordinariamente polifacética.

    Puede utilizarse para describir el estado emocional actual: por ejemplo, en la etapa de saludo se puede dar la consigna de que cada participante «haga sonar» una melodía con la que transmita a los demás miembros del grupo un mensaje sobre su estado de ánimo o sus deseos para el día o la tarde que comienza. Naturalmente, este tipo de tarea encaja sobre todo en un entrenamiento de habilidades comunicativas o en lo que suele englobarse bajo el amplio concepto de «crecimiento personal».

    Pero si analizamos el contenido psicológico del propio acto —es decir, hacer sonar la campanilla— podemos señalar varias funciones psicológicamente útiles. En primer lugar, la «positivización» o elevación del tono emocional gracias al propio carácter lúdico, pues una campanilla, como cualquier objeto sonoro, despierta curiosidad. En segundo lugar, la desinhibición y la eliminación de barreras, incluidas las comunicativas, porque ofrece la posibilidad de «mostrarse» mediante el sonido sin materializar un resultado y, por tanto, con una baja probabilidad de recibir críticas o condena como respuesta. En tercer lugar, brinda la posibilidad de entrar en una comunicación con una paleta extraordinariamente amplia de interpretaciones de las acciones comunicativas —es decir, de la propia «manera de tocar» la campanilla—, lo que proporciona tanto un grado bastante alto de seguridad como la posibilidad de recibir una retroalimentación muy variada según el principio: «Yo he oído esto en ese sonido…» «Y yo he oído otra cosa…».

    Partiendo de lo dicho, llegamos poco a poco a la idea de que la campanilla es un excelente medio para representar metafóricamente la propia personalidad durante un entrenamiento, por ejemplo, utilizándola en la parte principal de la sesión. Así, en la etapa de calentamiento del grupo se pueden realizar uno o dos ejercicios que trabajen con el sonido, tanto en grupos pequeños (por ejemplo, uno de los ejercicios populares consiste en recrear, en subgrupos de tres o cuatro personas, una «imagen sonora» de la ciudad nocturna) como individualmente (proponer a cada participante que «suene» de acuerdo con su estado de ánimo).

    Después, en la parte principal del encuentro, se puede proponer a cada participante que se asocie a sí mismo con la campanilla. Si se dispone de una campanilla para cada miembro del grupo, se reparten y se propone un trabajo individual. Si hay menos campanillas, se organizan minigrupos, que pueden formarse según el deseo de los participantes o planteándoles una tarea determinada —definiendo una temática— para el trabajo dentro del grupo. Y a partir de ahí solo queda recordar técnicas y recursos habituales y orientarlos hacia la imagen metafórica elegida ese día: se pueden escribir pequeños relatos autobiográficos desde el punto de vista de las campanillas o cartas; utilizar la representación pantomímica de la imagen; dibujar y modelar escenas en las que participen; inventar cuentos y representar argumentos musicales…

    ¿Y por qué no proponer a los empleados, durante un entrenamiento sobre los fundamentos de la relajación, que reduzcan el estrés después de la jornada laboral «tocando» con las campanillas, por ejemplo, cómo los «regaña» su jefe?.. Y qué retroalimentación para el jefe, si está presente, y además sin una sola palabra de la que pudiera ofenderse… bueno, simplemente desde un punto de vista humano…

    Es evidente que la mayoría de estas técnicas pueden utilizarse también en el trabajo individual: metaforizar estados, experiencias, rasgos y relaciones a través de objetos se parece al trabajo con instalaciones. Solo hay que recordar que cualquier trabajo de un psicólogo debe seguir siendo seguro (aunque no siempre totalmente cómodo) para ambos participantes del proceso. Y el vuelo de la imaginación solo debería estar limitado por la conveniencia de las técnicas profesionales elegidas, es decir, en el sentido literal, por su adecuación o eficacia para alcanzar el objetivo planteado de la sesión o de todo el entrenamiento.

    Creo que no tiene mucho sentido seguir profundizando en los detalles del uso de distintos objetos del entorno para resolver tareas psicológicas profesionales. Me parece más útil exponer una especie de algoritmo para incorporar un objeto al «campo profesional de trabajo», tal como yo lo entiendo.

    El primer paso en el uso de la técnica de metaforización y, como consecuencia, en el empleo de objetos del mundo circundante en el trabajo práctico del psicólogo no es en absoluto elegir el objeto. El primer paso es definir el OBJETIVO hacia el que yo, como profesional, quiero avanzar en este momento. Es decir, antes de incorporar un objeto al trabajo, debo responderme con claridad a la pregunta: ¿PARA QUÉ hago esto? ¿QUÉ quiero conseguir mediante el uso de uno u otro objeto del mundo que me rodea?..

    El segundo paso consiste en responder a la siguiente pregunta: ¿CÓMO me ayudará el objeto utilizado a avanzar hacia el objetivo buscado? Solo cuando existe una idea clara de qué propiedades del objeto serán útiles para avanzar hacia el objetivo y qué tareas concretas y pequeñas ayudarán a resolver en ese camino, solo entonces tiene sentido incorporar el objeto al campo de la actividad profesional. Volviendo al ejemplo de la campanilla, puede señalarse que solo si entiendo claramente CÓMO voy a utilizarla —es decir, si, por ejemplo, voy a centrar la atención en el tono de su sonido o en su peso para aclarar el estado del cliente o hacer más objetivas sus relaciones con alguien— merece la pena utilizar la campanilla en el trabajo.

    El tercer paso consiste en «preparar» correctamente al cliente o al grupo para trabajar con la metáfora. Como es sabido, nos diferenciamos por el grado de capacidad para el pensamiento abstracto, figurativo y metafórico. En algunas personas estas capacidades están tan desarrolladas que no necesitan explicaciones ni instrucciones adicionales para trabajar con esta técnica, mientras que otras no pueden abstraerse del objeto concreto que ven o sostienen en las manos. Por eso es muy importante pensar de antemano en formas de motivar al cliente para este tipo de trabajo. Con esto quiero decir que el psicólogo que se plantea utilizar alguna vez la metaforización en su práctica debería tener preparadas formulaciones bien pensadas o formas elaboradas de manipular determinados objetos que, por una parte, puedan mostrar y, por otra, despertar el interés del cliente por este modo de trabajo. Una de las posibilidades de involucrar verbalmente al cliente en el trabajo metafórico es dominar de manera excelente la técnica de formular preguntas proyectivas utilizando no solo las principales modalidades de información (auditiva, visual y cinestésica), sino también otros canales de comunicación no verbal, como los sistemas olfativo (relacionado con el olor) y proxémico (espacial). Creo que el sentido de este tipo de preguntas está claro, pero aun así daré algunos ejemplos (utilizando como material la misma campanilla):

    • ¿Cómo suena para usted esta campanilla en este momento? ¿Le recuerda su sonido a algo?
    • ¿Cómo describiría el aspecto de la campanilla? ¿Qué le parece su color?
    • ¿Cómo se siente esta campanilla al tacto? ¿Con qué objeto la compararía por su peso? ¿Por qué objeto le gustaría sustituirla? Describa ese objeto.
    • Pruebe a cerrar los ojos y hacer sonar la campanilla que tiene en las manos: elija una distancia que le resulte cómoda, en la que su sonido le parezca más armonioso. (Si es necesario, puedo ayudarle y alejarme con la campanilla hasta la distancia adecuada). ¿Qué puede decir ahora sobre su sonido? (Se activan al mismo tiempo, como mínimo, dos canales de percepción).
    • …etc.

    Y el cuarto paso, que desde mi punto de vista también conviene pensar de antemano: ¿qué voy a hacer si de repente el objeto elegido no funciona?.. Hemos hablado aquí de que la metaforización es una magnífica herramienta en el trabajo del psicólogo, que puede utilizarse en muchísimas situaciones y que siempre está a mano, porque cualquier objeto del mundo circundante puede servir como fuente de metáfora. Pero esto no significa que el objeto de la metáfora vaya a funcionar necesariamente en cualquier situación y con cualquier cliente. Y entre las condiciones que determinan su grado de éxito estarán, como mínimo, las tres descritas anteriormente. Sin embargo, en ese caso podemos encontrarnos de nuevo en una situación de «carencia de herramientas». Aun así, esta situación tiene solución y en ningún caso significa un fracaso.

    Lo primero que hay que hacer en una situación de «carencia de herramientas», si surge directamente durante el trabajo —individual o grupal, da igual—, es, a pesar del pánico o de un ligero grado de desconcierto, decirse con calma: sí, en este momento NO SÉ qué hacer. Si el grado de madurez del grupo o de la persona con la que se trabaja, así como el grado de madurez de la relación entre psicólogo y cliente, son suficientes (según la propia valoración del psicólogo), desde mi punto de vista incluso es admisible decirlo en voz alta. Aun así, conviene dejar esta variante para el caso más extremo, cuando la lucha con el propio desconcierto empieza a hacerse visible para los demás.

    Una vez reconocido y constatado el hecho de la «incapacidad» temporal, conviene admitir con honestidad los sentimientos que provoca. Lo más probable es que la gama no sea precisamente positiva: enfado, miedo o preocupación, desconcierto; quizá abatimiento e incluso culpa (por la propia falta de preparación, etc.). En cuanto una emoción o un estado emocional reciben un nombre, quedan reconocidos y manifestados. Y eso significa que disminuye la fuerza de su influencia, y el intelecto obtiene la posibilidad de empezar a trabajar de manera productiva en la búsqueda de una salida a la situación. Y esto significa que estamos un paso más cerca de la solución.

    Y, por último, conviene recordar siempre el potencial que está oculto en la propia persona o —con mayor razón— en el grupo con el que trabajamos. Del mismo modo que un conferenciante encuentra a veces una respuesta poco convencional a una pregunta al planteársela a su audiencia, también un formador o un psicólogo consultor, al formular una pregunta, puede recibir inesperadamente una pista o una solución en una situación de «carencia de herramientas».

    Entiendo que aquí surge de inmediato una pregunta: ¿es admisible que un profesional se encuentre en una situación así? ¿Y cuál es entonces su verdadero nivel de profesionalidad?.. Desde mi punto de vista, sí lo es. La cuestión de qué es exactamente el «nivel de profesionalidad» y dónde se encuentra su «suficiencia» me parece extremadamente polifacética y, hasta el día de hoy, carente tanto de una escala adecuada como de herramientas adecuadas para medirla. Por tanto, es una cuestión discutible y una cuestión de tiempo.

    Lo principal que quisiera subrayar aquí es esto: el mundo que nos rodea es una fuente de metáforas. Y la metáfora es una herramienta que puede servir como una especie de «salvavidas» gracias a su enorme potencial y al hecho de que está disponible para nosotros prácticamente en cualquier momento.

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