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    Por qué tememos a “los de fuera”: la psicología de las actitudes hacia los migrantes

    El tema de la migración es hoy extremadamente relevante en muchos países del mundo. Algunas personas destacan sus beneficios: los recién llegados ayudan a cubrir la falta de personal, estudian, trabajan y pagan impuestos. Otras, en cambio, sienten irritación o inquietud: «son demasiados», «están cambiando nuestra cultura», «ya no se puede encontrar un trabajo decente».

    Probablemente cada uno tenga razón a su manera. Pero sigue siendo interesante entender por qué un mismo fenómeno provoca reacciones tan diferentes. A veces se produce una situación paradójica: sin haber tenido ninguna experiencia personal negativa con migrantes, podemos sentir hacia ellos una tensión elevada o incluso miedo.

    Si profundizamos, se hace evidente que la cuestión no depende solo —y a menudo ni siquiera principalmente— de los propios migrantes. Aquí entran en juego mecanismos psicológicos básicos que durante siglos nos ayudaron a sobrevivir. Pero a veces empiezan a actuar en nuestra contra. Dividimos automáticamente a las personas entre «los nuestros» y «los de fuera», nos ponemos en guardia ante los cambios e intentamos explicar la tensión que sentimos.

    En este artículo no hablaremos de política, sino de psicología: de dónde surge la sensación de que alguien es «de fuera», por qué es tan persistente y qué podemos hacer al respecto...

    “Nosotros” y “ellos”: una configuración automática del cerebro

    Dos grupos de personas sentados separados en un parque urbano, ilustrando la división psicológica entre "nosotros" y "ellos"A primera vista, puede parecer que nuestra actitud hacia «los de fuera» se forma únicamente por la educación, la cultura o las opiniones políticas. Sin embargo, la investigación psicológica muestra que esta clasificación comienza mucho antes. Desde los primeros segundos, nuestro cerebro intenta determinar quién tiene delante: alguien de «los nuestros» o alguien de «los otros». Esta tendencia está profundamente arraigada y actúa de forma automática.

    Este mecanismo no apareció por casualidad. Durante la mayor parte de la historia humana, las personas vivieron en grupos pequeños. Los miembros de una misma comunidad se ayudaban a conseguir alimento, protegerse de los peligros y criar a los niños. Un desconocido podía ser tanto un amigo como una amenaza. Por eso el cerebro desarrolló una regla sencilla: primero prudencia y después evaluar hasta qué punto se puede confiar en el recién llegado.

    Curiosamente, para dividir a las personas entre «nosotros» y «ellos» no hacen falta grandes diferencias. En estudios de Henri Tajfel y sus colegas realizados entre 1970 y 1971, escolares fueron divididos en dos grupos artificiales según criterios completamente insignificantes. En una variante, los participantes estimaban el número de puntos en una pantalla y después se les decía que pertenecían al grupo de quienes supuestamente «sobreestimaban» o «subestimaban» esa cantidad. En otra variante, la división se basaba en una supuesta preferencia por cuadros de Paul Klee o Wassily Kandinsky. Los participantes no conocían a los miembros de su propio grupo, no habían hablado con ellos y no compartían ninguna historia común.

    Después se les pedía repartir puntos o recompensas económicas entre participantes anónimos. El resultado fue que tendían a favorecer más a los miembros de su grupo arbitrario y, en ocasiones, incluso preferían aumentar la diferencia entre los grupos antes que maximizar el beneficio total de su propio grupo. Es decir, en muy poco tiempo empezaban a tratar de forma mucho más favorable a los miembros de «su» grupo y con menos confianza al otro, aunque sabían perfectamente que la división era aleatoria.

    Es importante entender que este mecanismo natural no significa que la desconfianza sea necesariamente mala. Es simplemente una característica del funcionamiento de nuestro cerebro que nos permite adaptarnos rápidamente al entorno social. Los problemas comienzan cuando una primera impresión se convierte en un estereotipo estable y la pertenencia a un grupo pasa a ser más importante que las cualidades personales de una persona concreta.

    Muy a menudo, la actitud hacia los migrantes surge mucho antes de conocerlos personalmente. El cerebro detecta primero ciertas diferencias —idioma, aspecto, costumbres, acento, rasgos culturales—, clasifica automáticamente a la persona como «de fuera» y solo después empieza a buscar explicaciones para la sensación ya creada. La actitud posterior hacia un migrante depende entonces menos de esa persona que de la intensidad de la inquietud y de aquello que la refuerza o la reduce. De eso hablaremos en la siguiente parte.

    Miedo al cambio y a la pérdida de estabilidad

    Una calle urbana moderna con personas de distintas culturas y un café, superpuesta a un recuerdo de cómo era ese lugar varios años antesCuando sentimos inquietud hacia los migrantes, la causa no siempre son los propios migrantes. Con frecuencia, la ansiedad está relacionada con los cambios que asociamos con ellos.

    A nuestra psique no suelen gustarle demasiado los cambios por la incertidumbre que pueden traer. Nos sentimos más tranquilos en un entorno conocido, con reglas comprensibles, un idioma familiar, normas culturales habituales y expectativas previsibles de los demás. Los cambios importantes exigen un esfuerzo adicional al cerebro: hay que adaptarse, aprender cosas nuevas y revisar ideas habituales sobre el mundo. Todo ello consume energía interna y genera tensión de forma natural.

    Por eso, cuando en una ciudad hay más personas que hablan otros idiomas, aparecen nuevas tiendas, restaurantes o tradiciones culturales, o cambia el mercado laboral, muchas personas no lo perciben como una serie de hechos independientes, sino como una señal: «mi mundo conocido está cambiando». Esa sensación puede aparecer incluso antes de haber experimentado personalmente consecuencias negativas.

    La psicología sabe desde hace tiempo que solemos reaccionar con mayor intensidad ante la posibilidad de perder algo que ante la oportunidad de ganar algo nuevo. Incluso si a largo plazo los cambios pueden resultar beneficiosos, la primera reacción emocional suele ser la cautela. Nuestro cerebro parece intentar protegernos preguntando: «¿Y si las cosas empeoran?»

    En los debates públicos, los migrantes suelen convertirse en símbolo de los cambios futuros. Las personas concretas, con sus historias, profesiones, familias y personalidades, pasan a un segundo plano. En su lugar aparece una imagen generalizada sobre la que resulta fácil proyectar la propia inquietud por el futuro, la economía, la seguridad o los cambios en la forma de vida habitual.

    Es importante entender que esta reacción no conduce necesariamente al rechazo. Es solo una primera respuesta emocional que aparece de forma automática. Lo que ocurra después depende mucho de la experiencia personal, del contacto con personas concretas y de la información que recibimos de nuestro entorno. Pero si la ansiedad se mantiene durante mucho tiempo, la psique empieza a buscar una causa sencilla y comprensible: alguien a quien culpar.

    Por qué aparecen las acusaciones

    Un pequeño grupo de personas conversa en una calle urbana y mira de vez en cuando hacia un hombre que está solo cercaCuando sentimos ansiedad, necesitamos entender su causa. La incertidumbre en sí misma resulta muy incómoda. Intentamos explicar rápidamente aquello que no comprendemos, incluso cuando la explicación es demasiado simplificada.

    Por eso el cerebro empieza a buscar una respuesta a una pregunta central: «¿Cuál es la causa de nuestra inquietud?» La psique intenta simplificar la compleja imagen del mundo y construir una historia clara con una causa evidente. Y una vez que creemos haber encontrado una causa, resulta fácil pasar a un supuesto responsable y trasladar sobre él toda nuestra negatividad y nuestros temores.

    Imaginemos una ciudad en la que al mismo tiempo suben los precios, se encarece la vivienda, cambia el mercado laboral y aumenta la presión sobre las infraestructuras. En todos estos procesos influyen decenas de factores: cambios en la economía, transformaciones demográficas naturales, decisiones equivocadas de las autoridades, incertidumbre internacional y el desarrollo continuo de la tecnología. Aceptar una imagen tan compleja no es sencillo. Es mucho más fácil relacionar todos los problemas con un grupo visible que, en la percepción pública, ya aparece asociado con esos cambios.

    Por esta razón, distintos grupos pueden convertirse en objeto de acusaciones. En diferentes periodos históricos lo fueron personas de otras nacionalidades, religiones, profesiones, generaciones o clases sociales. El mecanismo apenas cambia: solo cambia el grupo sobre el que la sociedad proyecta su descontento.

    Además aparece otro efecto psicológico. Recordamos mucho mejor la información que confirma nuestras expectativas que aquella que las contradice. Si alguien está convencido de que cierto grupo crea problemas, cada caso negativo se percibirá como una prueba de esa postura. En cambio, numerosos ejemplos positivos que muestran la aportación de ese grupo a la sociedad pueden pasar desapercibidos.

    Por eso la opinión pública no siempre refleja la situación real. A menudo refleja más bien la manera en que la psique humana intenta enfrentarse a la complejidad del mundo. Al encontrar un culpable «evidente», el cerebro reduce temporalmente la tensión interna, incluso cuando la verdadera solución del problema se encuentra en otro plano.

    Como resultado, las acusaciones suelen decir menos sobre las cualidades de los acusados que sobre el estado de la propia sociedad. Cuando las personas sienten confianza en el futuro, la necesidad de buscar culpables suele disminuir. Pero en épocas de crisis, cambios rápidos y gran incertidumbre, este mecanismo se activa con mucha más fuerza.

    Por qué la lógica no funciona y qué puede cambiar realmente nuestra actitud

    Mecánicos de distintos orígenes trabajan juntos reparando un coche en un taller y se concentran en una tarea comúnPuede parecer que cambiar la actitud hacia los migrantes es muy sencillo: basta con mostrar estadísticas, cálculos económicos o resultados de investigaciones que indican que, a largo plazo, una política más abierta hacia la migración puede tener un efecto positivo en el desarrollo de la sociedad. Pero en la práctica no funciona exactamente así. La razón es que estas actitudes no nacen solo de la lógica, sino también de las emociones. Y las emociones rara vez desaparecen únicamente porque se nos presenten hechos.

    Como ya hemos visto, nuestra psique dirige involuntariamente la atención sobre todo hacia la información que confirma nuestras creencias previas. Si estamos convencidos de que cierto grupo representa un peligro, es fácil recordar una noticia negativa y llamativa y pasar por alto muchos ejemplos que muestran lo contrario.

    Curiosamente, la investigación también muestra la relación inversa. Una de las formas más eficaces de reducir los prejuicios hacia «los de fuera» es el contacto humano cotidiano. Cuando los migrantes dejan de ser un grupo abstracto y se convierten en un vecino, un compañero de trabajo, un médico, un profesor o el padre de un compañero de clase de nuestro hijo, el cerebro empieza a percibirlos no como una categoría sin rostro, sino como personas concretas.

    Esto no significa que las preocupaciones desaparezcan automáticamente ni que dejen de existir conflictos entre las personas. Los conflictos se producen en cualquier sociedad, independientemente del origen de sus miembros. Pero la experiencia personal suele ayudarnos a ver una imagen del mundo mucho más compleja que la que ofrecen nuestros estereotipos o hábitos emocionales.

    En última instancia, la capacidad de ver en una persona desconocida primero a una persona y no a una etiqueta es lo que distingue un pensamiento maduro de uno gobernado por el miedo y los estereotipos. Esto no significa ignorar los problemas reales. Se trata de estar dispuestos a comprender primero y sacar conclusiones después. Este enfoque permite debatir cuestiones sociales complejas con calma, apoyándonos no solo en las emociones, sino también en la comprensión de cómo funciona nuestra propia psique.

    Es importante entender que la migración en sí misma no es ni un bien absoluto ni un mal absoluto. Puede crear nuevas oportunidades y también dificultades muy reales que requieren soluciones competentes por parte de la sociedad y del Estado. Pero una cosa es discutir estos problemas basándonos en hechos y sentido común, y otra muy distinta buscar respuestas simples a preguntas complejas guiados por la ansiedad y los estereotipos.

    La psicología no nos dice qué posición política debemos adoptar. Solo nos ayuda a entender por qué dividimos tan fácilmente a las personas entre «nosotros» y «ellos», por qué tendemos a buscar culpables y por qué puede resultar tan difícil cambiar una opinión ya formada.

    Ser conscientes de estos mecanismos no nos obliga a renunciar a nuestras propias convicciones. Pero sí nos permite mirarlas de forma más crítica y preguntarnos: «¿Es realmente mi propia conclusión o es una reacción sugerida por el miedo, la costumbre o la influencia de quienes me rodean?» A veces basta con plantearse esa pregunta para empezar a ver a las personas no como símbolos, etiquetas o consignas políticas, sino como personas corrientes, con sus propias virtudes, defectos e historias de vida.

    Quizá precisamente ahí se encuentre una de las tareas más importantes de la psicología: no decirnos qué pensar, sino ayudarnos a comprender por qué pensamos de esa manera.

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